viernes, 24 de octubre de 2008

Palabras en Homenaje a Nicolás Casullo

Las Siguientes líneas han sido leídas por Facundo Romero el jueves 23/10 en el Homenaje a Nicolás Casullo. Las mismas fueron escritas por Diego Dellagiovanna. Ambos Consejeros por el Claustro de Graduados

Cuando fuimos generosamente invitados a participar en este homenaje a Nicolás no tuvimos la más mínima duda, la menor de las zozobras, respecto de la necesidad de acompañar a los restantes sectores de la universidad en la compleja tarea de, a la vez, despedir la cotidianeidad de su presencia y celebrar la permanencia de su pensamiento. Hablo hoy como representante del Claustro de Graduados y como vocero de la Agrupación María Claudia Falcone, pero también en calidad de Licenciado en Comunicación Social, y a título de ex alumno de sus materias. Estoy al tanto, debido al cruce de esta multiplicidad de circunstancias que acabo de mencionar, de las dificultades que acarrea edificar una coherencia discursiva bajo el influjo de las tensiones que articulan el campo intelectual nacional, máxime cuando las ideas que se fundamentan y defienden entran en abierta confrontación con los postulados de los centuriones mediáticos, tan esquivos a la discusión de las cuestiones de fondo, y tan proclives a la defensa de un Imperio edificado de espaldas a la plebe. Las palabras del periodista Marcelo Moreno, a las que por simple voluntad de no recurrir al eufemismo de calificarlas como desafortunadas, voy a considerar lisa y llanamente estúpidas, no hacen más que puntualizar la situación que describo. Porque si alguien en este país puede afirmar ante un micrófono desde Radio Mitre que pensadores de la talla de Nicolás le provocan “ganas de vomitar”, sin otorgar el derecho a réplica, cortando previamente la comunicación telefónica, y esbozando como único asidero moral su adscripción a la chequera del mayor oligopolio de multimedios de la Argentina, podemos arribar a dos conclusiones diferentes. La primera, en clave apocalíptica, nos llevaría a pensar que el oficio de mercenario, por ser mejor rentado que el de analista serio y comprometido con la realidad de su tiempo, no tardará en ahogarlo con el peso de la prepotencia monetaria. La segunda, más esperanzadora, marcaría la dificultad que enfrentan los operadores de la prensa vernácula al intentar batirse en la arena de la lucha simbólica cuando las armas las elige el otro contendiente del duelo.
Prefiero quedarme con esta segunda mirada, porque a su vez plantea un interrogante, cuya respuesta ayuda a comprender de quién hablamos cuando nombramos a Nicolás Casullo: ¿Por qué cuesta tanto calar en la sensibilidad del hombre común, si es que realmente existe tal cosa, cuando aparentemente se tiene todo lo necesario para lograrlo? Creo que una de las claves es entender que no somos otra cosa que personajes de una historia, y que por más privilegios que puedan algunos presentar respecto de los restantes, la potestad necesaria para trastocar las reglas que estructuran toda narrativa está más allá del alcance de cualquiera de los actores individuales: la omnipotencia no tiene lugar en nuestro mundo secular.
Este exordio podrá sonar un tanto extravagante, pero me deja justo dónde quiero llegar, a las puertas de una definición sobre la persona cuya ausencia nos convoca. En una época donde la hiper-especialización produce genios en tuercas que no saben como encender el aparato que acaban de construir, y magos del genoma humano que a duras penas comprenden a las personas, Nicolás había acuñado la rara habilidad de comunicar terrenos que para muchos representan compartimentos estancos. Así, en su proverbial oratoria podían convivir en armonía las reflexiones estéticas de un André Bretón, la advertencia sobre el avance de la derecha política gracias a su discurso de gestión no ideológica, y la pregunta a la pasada sobre “cómo este tipo puede ser el nueve de Racing, si no le mete un gol a nadie”. Pero lejos del Doctorado en “Todología” o “Panelismo Avanzado”, sus aseveraciones de mirada ancha y alto vuelo gozaban de la denostada pero imprescindible visión de conjunto. Hablamos, por consiguiente, de un hombre que comprendía cabalmente el sentir de su tiempo y el de otros pasados, que podía interpretar las acciones y los humores en su propio contexto de producción. De este modo, el arte, la política, el juego, todos estos registros de la vida social eran suelo fértil para la reflexión sobre sus respectivas mecánicas internas y sus relaciones de mutua determinación. Su fuerte era la facultad de reconstruir el camino que ascendía desde la acción trivial y cotidiana hasta el Olimpo del espíritu de época que la gestaba y a la vez explicaba. Era esta posibilidad de anudar lo contingente con los grandes relatos de la humanidad lo que hacía de sus clases una experiencia reveladora. Era muy difícil resistir la tentación de hacer la pregunta: “¿Y entonces qué paso?”, cada vez que la pausa en la explicación se estiraba durante algunos segundos más de lo deseado.
Pero además de un apasionado relator de los destinos del hombre, Nicolás encarnaba a la perfección el arquetipo de letrado militante. Contrastando con los académicos que desfallecen al abandonar la artificial seguridad de los claustros universitarios, él se movía como pez en el agua al traspasar las puertas de esta casa de altos estudios. El que acumulaba montañas de colillas en el cenicero durante la explicación de la importancia adquirida por el pensamiento romántico alemán, era el mismo que coleccionaba pocillos vacíos en una mesa del bar de enfrente, abstraído por los movimientos de una pelota y de los veintidós guerreros que se la disputaban. Esta simpleza en la transición de la primera instancia a la segunda situación demostraba que para él las diferencias construidas por el elitismo pseudo-intelectual no eran tales. Este simple acto era en esencia más genuinamente democrático y popular que cualquier otra manifestación de corrección política. Convencido de que el debate de ideas debía volver a la primera plana de la discusión política, dominada por la proliferación de diatribas sin sustento y ataques personalistas, impulsó la creación del Grupo Carta Abierta, en cuyo seno dejó sentado que tanto el apoyo sistemático como la oposición automática constituyen polos opuestos de una misma y estéril forma de concepción cívica, ambas a contramano de la posibilidad de alcanzar una verdadera respuesta a las necesidades reales de las personas. La solidez de su defensa de la libertad de expresión le valió la crítica de quienes, paradójicamente, hacían y hacen un modus operandi de la censura programada y la manipulación de la información. Pudiendo optar por una actitud más conformista, menos confrontativa, prefirió arriesgar su prestigio en aras de la honestidad intelectual. Y esta actitud vale mucho, muchísimo, en tiempos de genuflexos parlanchines y paracaidistas de la opinión. Son acciones como éstas las que lo pintan de cuerpo entero, más allá de su prolífica y brillante producción: la convicción de que no se es más que nadie sólo por acumulación de conocimiento, y el amor esbozado en su búsqueda de la verdad. Ésta es la madera de la que estaba hecho Nicolás.
A título personal, y para concluir, sólo quiero mencionar que si hoy mi biblioteca atesora volúmenes de Gadamer, Castoriadis, Steiner, Nietszche y Benjamin, sólo para nombrar algunos, es por su entera responsabilidad. Quienes tuvimos el privilegio de ser sus alumnos fuimos, sin excepción, contagiados por el entusiasmo de su locuacidad plena. Citando al desafiante Baudelaire, otra de las plumas a las que supo acercarme, diré que si en verdad “muchas flores despiden sin quererlo, su perfume más dulce y más arcano, envueltas en profundas soledades”, nuestra presencia en este homenaje es signo claro de que Nicolás no era retoño del triste jardín de esta poesía, y que el olvido tendrá que batallar mucho para poder ganarnos un milímetro de terreno. Muchas gracias.

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